Mis Textos

El Velorio

Recordando a nuestros muertos. Porque así es como seguimos vivos. 

A las 7.35 de la mañana del 28 de agosto del 2019 recibí la llamada que todos los que emigran tememos. Mi hermano me informó con voz entrecortada que Papá había fallecido. De golpe recordé muchos momentos, los buenos, los malos, los difíciles, que entre nosotros fueron tantos. Los abrazos y las despedidas. Cada visita a México revivíamos un poco el separarnos de nuevo. Cada visita a México traía consigo la realidad, cada vez más evidente, de que mis padres estaban enfermos y en que en cualquier momento podría perderlos. . 

En agosto del 2019 tuve que planear una visita al pasado mientras seguía anclada al presente. 

Tuve que aguantar mis lágrimas en el transporte público para no parecer loca. 

Tuve que informar a mis colegas que mi papá había fallecido. 

Tuve que decirle a mi nueva jefa, con quien había hablado solo una vez, que estaba por partir anticipadamente para ir al sepelio. 

Tuve que informar a mi esposo que partiríamos al día siguiente y que había que arreglar todo. 

Tuve que abrazar a una compañera, que fue la única que fue a verme a la sala donde estaba, para que supiera que no me sentía sola. 

Tuve que vivir el segundo momento de duelo en público ante 10 ejecutivos que estaban conmigo en un retiro de planeación estratégica que habíamos planeado por tres meses. 

Tuve que seguir el día completo como si una parte de mi corazón no se apretara en cada momento de silencio.

Tuve que guardar esta última imagen de él.

Llegar a la oficina. Decirle a mi jefa que todo estaba en orden. Que no, que no pensaba cancelar el evento, que sí, tenía el apoyo que necesitaba. Que no sabía cómo estaba, pero que si necesitaba salir antes, encontraría a alguien para que se hiciera cargo. Que no volvería a la oficina en veinte días porque el velorio se juntaba con un viaje programado. Que me aseguraría que todo estuviera en orden. 

Llegaralaoficina.Tomarmiscosas.Informaramiclientequepapámurió.Informaralosparticipantesqueestaréunpocodistraida.Facilitarunasesióndetrabajo.Hacerlosajustesnecesarios.Comerconlosparticipantes.Asegurarleamishermanosqueestababienloqueellosacordaran.Arreglarmispendientes.Comprarboletosdeavión.Pelearuncambiodevuelo.Mandarcorreos.Despedirmedemiscolegas.Informaramivecinaparaquecuidarademisgatos.Hacerlamaleta.

Llegó la hora de dormir y el tiempo que había pasado con una participación mínima de mi parte empezó a correr de nuevo. Salir de casa en la madrugada. Llegar a Monterrey a las dos de la tarde. Rentar un auto. Atravesar toooooda la ciudad. El tráfico, el tráfico, el tráfico, el tráfico. El calor insoportable. In-so-por-ta-ble. Llegar a la funeraria y ver a familia, amigos. ¿Quién es esta señora que me parece conocida? ¿Dónde está mi mamá? ¿Y mis hermanos? Mis tíos se ven más viejos. Mi mamá se ve como ida. No, no vengo sola. Sí, mi esposo también vino. Si, esta es mi hija que hace tanto que no ves. Sí, dejé de teñirme el cabello. Y sí, estoy más gorda. 

Después de una hora en la funeraria, partimos todos a su pueblo natal, Candela. Que para mi tenía momentos agridulces incluso sin su muerte. Paramos en un Oxxo. Mi mamá va azorada.  Cómo es de curiosa la vida cuando vienes a un velorio y te preguntan si quieres bolsa de plástico para tus compras. Mi mamá nos cuenta lo que pasó hace dos noches. Jamás encontramos la procesión en la carretera. Mi mamá nos dice que él no tenía nada, que el día anterior estuvo bien. La carretera desolada. Mi mamá nos pregunta cómo nos va. Ni un alma durante la primera hora y media. Mi mamá vuelve a quedarse callada. Justo antes de llegar a Bustamante vemos a una señora y a una chica pidiendo aventón. Mi mamá se entristece un poco. Quisiera llevarlas, pero no sé si es seguro. Mi mamá nos señala la entrada al pueblo. Nos topamos con un retén y el ejército pregunta si venimos también al velorio. Parece que nuestro apellido nos sigue abriendo las puertas. 

Candela se ve igual que hace 10 años, que fue la última vez que vinimos. Las casas son una mezcla de colores. Algunas recién pintadas porque es ahora un pueblo mágico. La magia de mis recuerdos se ha ido. Mucho era mi papá con la forma tan despreocupada de ver la vida. Ahora veo la pobreza en los edificios y la riqueza en su gente. 

Las calles cambiaron. De pronto estamos al frente de las casas de la familia. Todo se ve más pequeño. Cuatro de mis tíos viven en las casas cercanas a mis padres. En medio, un intruso. 

Mis tíos que heredaron la casa de mis abuelos ofrecieron la casa para que lo veláramos. No había vuelto a pensar en esa casa en años. De golpe recuerdo todos los veranos, los fines de semana largos, las visitas a mis abuelos, los juegos entre primos. Pero me siento lejos. Esta casa es tan familiar y a la vez tan distinta. La casa parecía más amplia cuando yo era niña. Sus doce habitaciones se concentran en tres.  

Entro al pasillo y veo las puertas abiertas enmarcando una sala vacía. Están bajando el féretro y poniéndolo ahí. Una de las habitaciones en las que no podíamos jugar. Solo una cortina separa la sala de la habitación de mi abuela.  Parece que en cualquier momento saldrá a vernos, pero sé que ella hace años que se fue. 

Mi mamá se sienta en el recibidor. La gente llega en grupos. Ella los ve extrañada. Solo reconoce a algunas personas, pero todos la abrazan como si fueran de la familia. Las señoras preguntan de todo. Cómo es Canadá. Viniste sola. Que hace tu hija. De qué trabajas. Cuándo regresas. Se ven cansadas por el trabajo duro, pero mucho más firmes y lozanas que las demás personas que conozco.

Los señores se asoman. Ven a mis tíos, buscan a mi hermano. Sin mi papá ahí, muchos no saben cómo interactuar con el resto de la familia. Me dan el pésame. Soy la imagen de mi padre y aunque tengan décadas de no verme todos saben quien soy. 

Saludo a mis primos, a mis tíos, ahora tengo sobrinos. Hago plática con las señoras mientras mi hija trata de adaptarse a un mundo que nunca fue de ella. Mi esposo, como es habitual, está cerca. La gente reza el rosario. Cuentan anécdotas. Ven a mi mamá con tristeza y pena. Nunca había tenido tan clara la diferencia de ambas.  

Mis primos llegan con cerveza. Mis tíos traen pollos asados, galletas, pan dulce. Mi papá hubiera sido el primero en comerse lo dulce de una concha. Hay café y el comedor, el único cuarto con aire acondicionado, está lleno de comida. Los primos entran y salen buscando algo, tomando algo, recordando algo.  Mi papá está siempre acompañado. Uno de mis tíos, uno de sus amigos, uno de sus vaqueros, una señora que reza. 

Las anécdotas se juntan unas con otras. Lo bromista que era, lo mucho que quería a la familia. Lo trabajador. Lo sencillo. Lo difícil de su carácter. Lo noble que era.  Cómo cada mes cuando operaban a mi prima, él donaba sangre y nunca lo dijo. Y cómo la única vez que no lo hizo, mi prima adquirió hepatitis. Lo mucho que lo iban a extrañar. Sus tres hermanos se le parecen un poco pero son tan distintos. Se nota su ausencia.

Lo velamos hasta las 2 de la mañana. Los vecinos, conocidos, amigos, ex-empleados, vaqueros y trabajadores del rancho, y muchos más llegaron a presentar sus respetos. 

La calle se vistió de coronas y arreglos de flores que no cupieron en la casa. El calor y la falta de espacio hicieron que la gente se sentara a lo largo de la acera. Ya no hay sillas ni sillones. Los niños jugaron mientras los hombres hablaban afuera y bebían cerveza. Mis hermanos y yo discutimos qué mensaje daremos mañana. Escribo una despedida que no me convence. Hay perros sueltos corriendo en la madrugada.

Finalmente decido que vayamos a dormir. Otro encuentro con el pasado para el que nunca estás preparada.  La casa de mis padres ha cambiado radicalmente. Mi recámara está llena de cosas que no son mías. Luego me entero que mi papá le dió la recámara a mi prima que más viaja al pueblo. La recámara de mis padres es ahora lo de mi hermano. La sala secundaria se volvió la recámara de mi mamá.Mi hermano ha extendido su huella por toda la casa. Ropa, platos, libros, todo es una mezcla de cosas antiguas que recuerdo perfectamente, con cosas que no se ni de quién son. La casa está empolvada. Solo hay dos camas libres, por lo menos la que nos tocó es cómoda.  Mi hija duerme en la habitación de mi mamá.

Dormimos un rato. Mi hermana camina de una habitación a otra. Su cama está fría. Sus sollozos se escuchan a ratos. Nos despertamos muy temprano, porque pronto no habrá agua.  El verano es muy difícil en el norte. Voy a ver a mi papá. Todo está igual que ayer. Su cara se ve un poco más ceniza. Mucho más delgado. Alguien le trajo el periódico El Norte y lo puso con él en el féretro, porque sabían que era lo primero que debía hacer por las mñanas. Luego me entero que uno de mis primos fué a otro pueblo a comprarlo. 

No quiero buscar comida en casa de mis padres. La tradición de vacaciones dice que en Candela las comidas se hacían en casa de mis abuelos. Cruzo la calle. Mi mamá sigue como autómata. La mesa está atiborrada de la comida del día anterior.  Mi tía hace machacado con huevo y quesadillas.  El café es fuerte y abundante, porque en casa de los Urteaga, bebemos café como quien toma agua. Agradezco el desayuno, porque a mi las crisis jamás me han quitado el hambre. 

Salgo a ver las coronas. Los pétalos no resisten el calor y empiezan a caer. Mis primos siguen llegando. Primos hermanos, tíos, primos segundos, sobrinos. La familia más cercana está alli. Todos menos tres de ellos han viajado desde donde viven para decir su último adiós. Saber que era querido y que será extrañado acomoda un poquito mi corazón. 

Llega un hombre en una camioneta pidiendo ver a la familia. Mi primo que es alcalde cubrió su ausencia con cinco coronas. Otro primo recoge una rosa que se desprendió de un arreglo. Decido ir a la iglesia a coordinar lo que se requiere para la misa. Es algo que hubiera hecho él y ahora alguien tiene que hacerlo. 

Las últimas campanadas anuncian el cortejo. Mi tío Ricardo conduce su camioneta con el féretro. Hay una procesión que lo acompaña a pie. Tíos, primos, sobrinos, vecinos, amigos, conocidos fueron a casa de mis abuelos para acompañarlo por última vez a la iglesia. Mi hermano y mis tíos, mis primos a los que llevó tantas veces al rancho lo llevan adentro. Tomo a mi mamá  va detrás de él. La iglesia se llena de gente que recuerdo tan distinta. 

La misa transcurre sin contratiempos, puesto que decido ignorar el mensaje patriarcal (nunca mejor dicho) del sacerdote. Le digo a la monja que atiende al padre que voy a abrir el féretro ahí para que quien no quiera ir al cementerio pueda decir adiós si así lo quiere. Me informan que eso no se acostumbra. La veo impasible y reitero que vamos a abrir el féretro. Se hace una fila, la gente se despide. 

La iglesia es otro viaje al mundo surreal que es México. Iluminada, llena de coronas, con tres altares recubiertos en metales y vitrales rodeándola. Las figuras de la Dolorosa y de Jesús azotado antes de la crucifixión son dignos de una película de Emilio Fernández. 

Caminamos al atrio y recibimos de nuevo los 35 grados que enmcarcan las 10 de la mañana. Saludamos a quien parte. Manuel, el trabajador que lo ayudó durante tantos años se ve triste al saludarnos. Partimos al cementerio bajo un sol que quema. La gran mayoría de la gente nos acompaña. La gente platica, saluda. El ánimo empieza a subir.  Mis primos nos señalan los cambios que ha habido en el pueblo. Al menos cien personas caminan con él por última vez al lado de la plaza. Más de quince minutos a paso lento hasta que llegamos al panteón. Las tumbas son una mezcla de estilos. Nunca había apreciado la arquitectura. 

Mi hermano dice algunas palabras. Mi hermana lee su carta. Abrimos el féretro de nuevo para que la gente se despida, ahora sí por última vez. Leo una pequeña oración Lakota y lo encomiendo a los brazos de la Madre Tierra. La gente llora. Muchos platican su anécdotas preferidas. Es difícil estar casi una hora bajo el sol que pica.  Amigos que hace años no veíamos nos cuentan cómo el seguía visitándolos en sus ciudades. Familiares distantes que vinieron de Texas nos cuentan cómo lo querían por lo que hizo por ellos. 

El calor es insoportable. Nos despedimos por última vez y tiramos flores en su tumba antes de que la cierren. Los albañiles que fueron contratados para cerrarla me cuentan que me conocieron cuando era una niña. Les doy el poco dinero que traigo para que vayan por un refresco. Ponemos las coronas en su tumba. Regresamos a casa de mis abuelos y el silencio enmarcó su ausencia más fuerte que nunca. 

Montse y el Duende

Vivíamos en Monterrey, en una casa sin enyesar, nuestro acabado era con cemento muy rústico, porque el yeso no me gusta. Así que la casa era fría en invierno.

Ese invierno había estado muy frío y nos encerrábamos mi esposo y yo con un calentador. Nuestra hija dormía en su cuarto con otro.

Entre ambas habitaciones había un pasillo. Y entre nuestra habitación y el baño había otra habitación más y otro pasillo. En ese pasillo había un par de muebles y muchas cosas que estábamos por acomodar. Hay quien dice que a los duendes no les gustan los lugares desordenados y hacen travesuras cuando esta así. Ese invierno me pegue un par de veces al ir de noche al baño, hasta que una de esas veces le mente la madre a una pequeña sombra que se veía en el pasillo.

Una noche, un par de semanas después me levante al baño y al llegar a la cama de nuevo escuché el llanto de mi hija. Tendría unos 3 años de edad. Eran como las 3 de la mañana. Trate de calmarla y convencerla a que se quedara acostada. Escuche luego abrirse la puerta de su cuarto, sus pasitos en el pasillo y luego la puerta de mi cuarto. Sentí su aliento cerca de mi y la cargué para meterla en la cama. Al voltear a taparla, sorpresa, no está allí, solo mi esposo, a quien desperté enseguida. El fue a checar y nuestra hija seguía dormida.

Debo decir que me asusto un poco. Un par de semanas después pasa lo mismo, vuelvo a despertar y a ir al baño helado, vuelve a llorar, vuelvo a hablarle para tratar de calmarla, vuelvo a oír la puerta, los pasos en el pasillo mi puerta, su aliento en mi cuello. La cargo de nuevo y antes de ponerla entre nosotros me acuerdo de la experiencia anterior. Junto las manos donde la llevaba cargada y obviamente, no hay nadie.

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